¿Los niños no lloran?

En Educaciónby Mariana MartínezLeave a Comment

* Antes de comenzar, quiero aclarar que obviaré la parte machista de la frase «los niños no lloran» y me referiré a los niños como un colectivo que abarca niños y niñas.

Recuerdo una vez que estaba con mi hija de dos años en la frutería. Yo estaba embarazada y ella estaba llorando no recuerdo exactamente porqué. Las chicas del lugar nos conocen y siempre han visto que mi hija va muy alegre y sonriente. Pero ese día, se sentía triste o enfadada y estaba llorando. Entonces, una de ellas se le acercó y le dijo:

– «¡Uy! ¡Pero si los hermanos mayores ya no lloran porque hacen llorar al bebé! Así que nos secamos las lágrimas, dejamos de llorar y nos ponemos alegres.»

Quizás su intención era buena, pero. ¿por qué, ella o cualquier otro niño, no puede llorar si se siente triste, enfadada, frustrada, decepcionada, herida, con miedo…? ¿Por qué decimos que los niños no lloran? ¿Qué tiene de malo llorar? ¿Por qué no les permitimos que lloren?

Otro ejemplo típico es cuando un niño pequeño se cae. Inmediatamente nos adelantamos a decir: «¡Arriba, no pasa nada!» ¿Por qué no puede llorar? Aunque estemos seguros de que no les ha pasado nada grave, ¿por qué no mejor preguntarles si están bien? ¿Por qué no mostramos interés por cómo se sienten? Algunos niños, aunque no se hayan hecho daño, necesitan un poco de consuelo: un abrazo, un beso, una caricia para poder levantarse y seguir jugando.

La enfermera, después de poner las vacunas a mis hijos también les suele decir: «Ya está, si ha sido sólo un pinchazo. En un momento se te pasará.» Yo, afligida por verlos así, pienso: claro que se pasará, porque en esta vida todo pasa, la tristeza, el dolor, el miedo, etc. Pero en ese momento eso es lo que están sintiendo y su dolor necesita salir por algún lado.

Existe el falso mito de que si atendemos a los niños cuando lloran, los haremos débiles, llorones, quejicas o dependientes. Queremos criar niños «fuertes, valientes e independientes» así que no podemos acostumbrarlos a que cuando lloren, vamos a estar ahí para consolarlos o resolver sus problemas.

De hecho, así nos han educado a muchos de los adultos, con un «no llores». ¿Qué hemos aprendido con esto? A no mostrar nuestras emociones «negativas». A evitar estar tristes, enfadados, frustrados, etc., o al menos a dejarnos ver así en público. Sólo podemos mostrar la parte amable y positiva de nuestras emociones, es decir, cuando estamos felices, alegres, emocionados, etc.

Atender la emoción no significa evitar que el niño sienta o que hemos de darle una solución para «hacerlo sentir mejor», sino más bien de estar ahí para él, escucharlo, abrazarlo y acompañarlo. Sentir cualquier emoción está bien. Sí, enfadarse, estar triste, sentir miedo, etc. está bien y debemos permitirnos sentirlo y reconocerlo como una parte normal y muy humana.

Llorar es una de las maneras que tenemos para externalizar nuestras emociones como la tristeza, decepción, dolor, enfado e incluso, alegría. Los adultos, además, podemos explicarlas con palabras, aunque muchas veces es difícil describir exactamente cómo nos sentimos.

Los niños, por su parte, están en fase de aprendizaje y su cerebro está en construcción. La mayoría no tienen la capacidad para identificar sus emociones, ponerles nombres y explicar qué es lo que sienten. ¿Cuántas veces lloran y tampoco entendemos muy bien qué es lo que les pasa? Su vocabulario tampoco tiene palabras suficientes para explicarlo. Entonces lloran para expresar que algo pasa, que algo están sintiendo y quieren que lo sepamos. Pero nosotros les prohibimos expresarse, como si alguien nos tapara la boca.

No nos gusta que nos vean llorar y no nos gusta ver a nadie llorar. Sentimos que es nuestra obligación ayudar al otro a sentirse mejor. A veces no es fácil encontrar algo que decir que sea reconfortante, aunque con los niños suele ser mucho más sencillo.

Sin embargo, lo que deberíamos hacer, es enseñar a los niños a poner nombre a sus emociones y a saber cómo vivirlas, es la base para una buena inteligencia emocional. Los adultos deberíamos aprender a sentir con los niños, empatizar con ellos, no hacerlos menos ni menospreciar el motivo por el que lloran y acompañarlos.

Frases como «no te enfades, no llores, no estés triste…» sólo hacen que los niños se sientan mal e infravaloren estas emociones «socialmente mal vistas». ¿Por qué no pensar en alguna vez que nosotros también nos hemos sentido así y hemos llorado? Se sentirán comprendidos, que validamos sus emociones y a nosotros nos ayudará a entenderlos y empatizar con ellos.

Acompañémosles pues en el reconocimiento de sus emociones, enseñémosles a nombrarlas, vivirlas y a gestionarlas adecuadamente. ¿Los niños no lloran? Los niños sí lloran, e incluso deberían hacerlo porque demuestra que quieren expresar lo que llevan dentro. Es lo más sano y lo más humano.

Sobre el autor

Mariana Martínez

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Soy mamá, pedagoga y educadora de padres de Disciplina Positiva. Me dedico a asesorar y capacitar papás dándoles herramientas con las que educar a sus hijos con respeto, amor y asertividad. Mi objetivo es fortalecer a otras familias ayudándoles a construir una base sólida que favorezca el crecimiento de cada uno de sus miembros.

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