¿A quién no le suena familiar esta frase? O mejor aún, ¿a quién no se la han dicho alguna vez? Es muy normal que a los niños se les repita esto. Yo recuerdo que de pequeña me la decían a mí, a mis primos, a mis amigos, a mis hermanos, etc.
Curiosamente, siempre nos la decían cuando perdíamos. Es como si fuera una «frase de consolación»; no importa que hayas perdido, sino que hayas participado o competido. Entonces los «perdedores» se la decíamos al ganador: “lo importante no es ganar sino competir” y con eso intentábamos quitarle el mérito de haber ganado o aumentar nuestra autoestima por haber al menos competido.
En cualquier juego o deporte, sólo puede haber un ganador, un primer lugar, una medalla de oro. En los Juegos Olímpicos a veces se le da más importancia a los que ganan la medalla de oro y bronce que al de plata. El que gana la medalla de plata está feliz por haberlo logrado, pero no ha sido tan bueno como el que ha ganado la de oro. Por su parte, el que ha ganado la de bronce se siente orgulloso de haber podido colarse entre los tres mejores.
La autoría de esta frase célebre se atribuye a Pierre de Coubertin*, fundador de los Juegos Olímpicos y quien además, era pedagogo. ¿Qué era lo que quería decir Coubertin con esta frase? Si da lo mismo ganar que perder, entonces ¿en dónde está el mérito de los que compiten y de los que ganan? Cualquiera podría ir a los Juegos Olímpicos y no sólo los mejores.
No quisiera que se malinterpretara. Estoy totalmente de acuerdo en que lo más importante es que enseñemos a nuestros hijos a ser «buenos competidores» y a dar lo mejor de ellos en cada momento, pero a veces pienso que esta frase puede dar pie a la mediocridad porque entonces, ¿para qué se participa en algo sino es para dar lo mejor de uno mismo y ganar?
Ahora bien, se puede ganar de muchas maneras. Por ejemplo, la meta de muchos atletas en los Juegos Olímpicos es llevarse la medalla de oro; pero muchos otros llevan otra «meta» en la cabeza como mejorar su tiempo o su puntuación personal y para algunos otros, el mero hecho de estar clasificados para participar ya es un gran logro.
Y es que ganar no sólo significa vencer al rival, sino también superarse a uno mismo. Por ejemplo, se puede ganar en experiencia, en confianza, en autoestima, en alguna habilidad, etc., incluso en humildad para reconocer que el otro ha sido superior y que a la próxima nos podemos esforzar más.
Así pues, el verdadero mensaje que le deberíamos dar a los niños, y a nosotros mismos, es que no sólo es importante competir, sino dar lo mejor de cada uno en cada «competencia» o reto que tengamos delante. No le quitemos el mérito a los que han dado lo mejor de sí y han ganado. Enseñémosles mejor a reconocer qué han aprendido ellos con la experiencia y qué creen que pueden hacer mejor en la próxima ocasión.
* Aunque su verdadera autoría se atribuye a monseñor Ethelbert Talbot, obispo de Pensilvania, EE.UU., en la homilia ofrecida en la Catedral de San Pablo, en Londres, durante los Juegos Olímpicos celebrados en la ciudad en 1908 y luego la frase fue retomada por Coubertin en la inauguración de los Juegos Olímpicos de 1932.
