Cómo enseñar a tu hijo a regular sus emociones

En Educación by Mariana Martínez1 Comentario

La palabra emoción deriva del verbo en latín emovere, que significa “mover”. Se dice que las emociones nos mueven, o al menos nos preparan para la acción; pueden incitar o inhibir una conducta. Sin embargo, somos nosotros, con nuestra inteligencia y voluntad, quienes decidimos si actuar o no y cómo hacerlo. De aquí la importancia de enseñar a tu hijo a regular sus emociones.

Una cosa es sentir una emoción y otra es actuar una emoción. Las emociones siempre son sentidas, pero no siempre deben de ser actuadas. Por ejemplo: puedo sentir enfado ante una situación que considero injusta pero no debo golpear a la persona con la que me he enfadado.

Alguien que actúa siempre lo que está sintiendo puede tener problemas de adaptación social. Además, sucumbir a la emoción o utilizarla para justificar una conducta denota falta de control y poca libertad.

Educar personas libres, equilibradas y con autocontrol es una de las principales razones que nos invitan a poner especial énfasis en enseñar a los hijos a regular sus emociones.

Autorregulación emocional

La autorregulación emocional es la capacidad de manejar las emociones de tal manera que podamos controlar nuestro comportamiento de manera voluntaria y sin dejarnos llevar por lo que sentimos. Además, nos permite comprender que aquello que sentimos, a pesar de que pueda ser desagradable o estresante, es también algo pasajero y que lo podemos controlar.

A grandes rasgos, la autorregulación implica, en primer lugar, identificar aquello que estamos sintiendo, prestando atención a las sensaciones físicas que aparecen. A continuación, valorar la información que dicha emoción nos está proporcionando y reflexionar sobre cuál es la respuesta que nos “sale” hacer.  Por último y más importante, darle una salida a la emoción a través de una conducta aceptable.

La autorregulación emocional no es un proceso sencillo, sino que es algo que se aprende a base de mucha práctica. Una persona adulta que pueda controlar sus impulsos o emociones utilizando una serie de estrategias para calmarse, sentirse tranquilo y expresar adecuadamente la emoción se debe, sin duda, a que tuvo a alguien que le enseñó a hacerlo.

Una persona que no ha sido calmada o cuyas emociones no han sido atendidas y validadas cuando era pequeño, no va a ser capaz de autorregularse en un futuro, o al menos será muchísimo más difícil.

Por lo tanto, para poder lograr la autorregulación emocional, es necesario haber pasado por la heterorregulación, es decir, que alguien más, los padres por lo general, nos ayude a ordenar, entender y gestionar las emociones para adquirir estrategias y poder hacerlo posteriormente por uno mismo.

El camino de la heterorregulación o cómo enseñar a tu hijo a regular sus emociones.

1. Conocer las emociones y para qué sirven.

Para enseñar a tu hijo a regular sus emociones, lo principal es conocer cuáles son las diferentes emociones, para qué sirve cada una y cuáles son sus “síntomas”, es decir, cómo o en dónde se sienten. (Recordemos que cada emoción está acompañada de una sensación corporal.)

Hoy en día existen infinidad de libros que hablan sobre las emociones explicadas de manera clara y concisa para los niños; y que resultan también útiles para los adultos quienes a veces tenemos un vocabulario emocional muy pobre.

2. Identificar las emociones

El siguiente paso para enseñar a tu hijo a regular sus emociones es que, una vez que conoce la “teoría” de las emociones, pueda ser capaz de identificar lo que está sintiendo, él o las demás personas. Cuando son pequeños podemos ayudarles a que relacionen la sensación que tienen y lo que están viviendo con la emoción o viceversa.

Puedes decirle algo así como: “eso que estás sintiendo se llama frustración y ocurre cuando las cosas no salen como tu querías”. O, “ahora mismo te duele la barriga porque has sentido tanta rabia cuando has tenido que dejar de jugar para venir a cenar”.

Para trabajar este punto, un clásico que hacemos con los más pequeñitos es jugar a hacer caras de… ¿Cómo haces cara de enfadado? ¿Cómo es tu cara tristeza? ¿Cómo pones tu cara cuando estás feliz?

Cuando son un poco más mayores y tienen más vocabulario o facilidad para expresarse nos podemos ayudar de fotos, imágenes o historias y hacerles preguntas. ¿Cómo crees que se siente el niño de este dibujo o de esta historia? ¿Por qué crees que se siente así?

En el caso de los adolescentes, ellos ya suelen reconocer sus emociones básicas. Sin embargo, es una etapa convulsa en la que sienten muchas cosas a la vez y, además, cada emoción se va tiñendo de diferentes matices por lo que conviene facilitarles medios para que puedan ir poniendo nombre a todas aquellas emociones nuevas. Por ejemplo, ya no se sienten únicamente felices o tristes, sino que también pueden sentir nostalgia (que es sentir tristeza por algo que en el pasado causó una alegría).

3. Validar las emociones

Las emociones son subjetivas, dependen de cada persona. No todos sentimos lo mismo ante un mismo evento. Por ejemplo, lo que para unos genera mucho miedo, a otros les puede causar alegría y a otros, asco.

Es necesario tener esto en cuenta para aceptar y validar las emociones y sensaciones que tienen nuestros hijos. Habrás escuchado alguna vez a alguien decir: “¡pero no te enfades, que no es para tanto!” «Arriba, que no ha pasado nada.» “¡Qué va, eso no da miedo!” “Pero si no duele, es sólo un pinchacito y ya está.” En lugar de denotar acompañamiento o empatía, estas frases minimizan, e incluso niegan, lo que los niños sienten.

Las emociones nos dan información sobre el interior de las personas. Nosotros sólo podemos conocer el interior de nosotros, no de los demás, ni siquiera de nuestros hijos. Lo podemos intuir, claro está, pero no conocer con exactitud. Por eso hemos de fiarnos, confiar y aceptar, sin juzgar, lo que ellos están sintiendo, aunque no lo compartamos; de lo contrario, en lugar de ayudarles a regularlas, estaremos orillándolos a reprimirlas.

Es importante aclarar que validar las emociones no es lo mismo que aceptar la conducta que ésta nos impulsa a hacer. Podemos admitir que nuestro hijo se sienta enfadado porque su hermano le quitó su juguete, pero no podemos permitir que lo demuestre mordiéndolo.

4. Enseñar una manera correcta de actuar o expresar las emociones.

Es verdad que las emociones no se deben reprimir o negar. Sin embargo, sí es conveniente aprender a entenderlas, integrarlas en nuestra vida y darles una salida adaptativa y sana. A veces la actuación de una emoción la calificamos de mala conducta y la castigamos. Lo ideal de enseñar a tu hijo a regular sus emociones es ayudarle que encuentre una manera adecuada de expresarlas.

Si quieres saber porqué los niños se portan mal y qué puedes hacer para reorientar esas conductas, te recomiendo el curso online «Descifrando las malas conductas de los niños.«

Las personas, a diferencia de los animales, podemos decidir con nuestra voluntad la manera en la que actuamos o expresamos lo que sentimos. Actuar siempre según las emociones nos hace esclavos del ambiente y de las circunstancias que ocurren a nuestro alrededor y que no podemos controlar.

Por este motivo es importante ayudar a nuestros hijos a entender que lo que ocurre a nuestro alrededor nos influye y que es normal sentir diferentes emociones. Sin embargo, no siempre está bien reaccionar o dejarnos llevar por ellas. Más bien debemos aprender a escuchar lo que las emociones nos quieren decir y expresarlo con palabras (ver honestidad emocional) o con actos que no dañen a los demás (por ejemplo, liberar el estrés o el enfado haciendo ejercicio).

Siguiendo con el ejemplo anterior, si un niño está enfadado y quiere pegar o morder a su hermano, podemos ayudarle a que exprese ese enfado pegando a un cojín o liberando esa rabia a través de una actividad física, saltando, corriendo, etc. Una vez en calma puede expresar a su hermano el motivo de su enfado y qué es lo que le gustaría que pasara.

Integra todos los pasos

Un último ejemplo de cómo englobar los pasos anteriores es el siguiente caso de un niño que está aprendiendo a montar en bicicleta pero tiene miedo de caerse y hacerse daño.

Una mamá o un papá que no ayuda a regular las emociones podría decir algo así como: “No tengas miedo, si no te pasará nada. Tampoco es tan difícil.” En este caso le está diciendo al niño que no haga caso al miedo, que no pasará nada. Le están enseñando a no confiar en esa voz que lo alerta del peligro. Es verdad que puede que no pase nada. Pero también puede pasar que el niño se caiga y se haga daño. Entonces se podrá sentir incapaz, inútil, poco válido para montar en bici, etc.

Por otro lado, si mamá o papá acompañan a su hijo y le ayudan a regular ese miedo le explican que es normal y que está bien que sienta miedo cuando va a hacer algo nuevo. Le recuerdan que ésta es una emoción muy necesaria porque es la que nos alerta de que puede existir algún peligro y que es necesario huir de aquello. Pero el miedo a veces también es un poquito exagerado. Entonces, le pueden agradecer por querer cuidarlo, pero que mamá o papá están a su lado por si necesita ayuda. Quizás pueden encontrar la manera de ir poco a poco en la bicicleta de tal manera que el niño vaya ganando en seguridad. De esta manera no lo hacen sentirse mal por tener miedo, sino que le dan la oportunidad de aceptar y reconocer lo que siente pero a la vez lo acompañan para superarlo.

Como ves, enseñar a tu hijo a regular sus emociones es una forma de ayudarle a que se conozca mejor, a tener buenas relaciones sociales, a trabajar su voluntad y su autocontrol, en definitiva, una manera de contribuir a que actúe de manera libre.

Sobre el autor

Mariana Martínez

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Soy mamá, pedagoga y educadora de padres de Disciplina Positiva. Me dedico a asesorar y capacitar papás dándoles herramientas con las que educar a sus hijos con respeto, amor y asertividad. Mi objetivo es fortalecer a otras familias ayudándoles a construir una base sólida que favorezca el crecimiento de cada uno de sus miembros.

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