Educar con paciencia

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“La paciencia es la aceptación de que las cosas pueden pasar en un orden distinto al que tenías en mente.” – David G. Allen-

Educar con paciencia nos puede parecer un reto difícil de alcanzar cuando en torno a este ámbito hay infinidad de situaciones que nos hacen impacientarnos.

Además, la inmediatez a la que estamos acostumbrados hoy en día tampoco favorece que ejercitemos mucho la paciencia. La posibilidad que tenemos de conseguir casi cualquier cosa a golpe de clic y desde la comodidad del sofá de casa hace que nos creemos falsas expectativas con respecto a lo que podemos esperar de otras personas o circunstancias.

Ser paciente es una forma de demostrar amor y comprensión.

Se dice que la paciencia tiene que ver con el amor. Y seguramente podrás pensar: -si yo quiero mucho a mis hijos, pero aún así la pierdo. Y no lo pongo en duda, desde luego. Lo que pasa es que el amor también se demuestra mediante de la comprensión y muchas veces, la falta de paciencia es falta de comprensión.

Me explico, a todos nos gusta sentirnos comprendidos, nos hace sentir acogidos y queridos. Cuando alguien no nos comprende y se impacienta con nosotros nos sentimos rechazados por nuestra torpeza o defectos. De alguna manera interpretamos como que la otra persona no nos acepta como somos y quisiera que fuéramos diferentes.  

Y es que, en realidad, cuando perdemos la paciencia, nos enfadamos porque la otra persona no hace lo que yo quiero, como yo quiero y en el momento que yo quiero. Queremos que los demás se amolden a nosotros: que sean como queremos y que se adapten a nuestros estándares, ritmos e, incluso, a nuestra forma de pensar. Entonces, cuando los otros no son como a nosotros nos gustaría que fueran o actuaran, nos cuesta mucho comprender y aceptar que son diferentes. 

Cuando somos impacientes con los hijos, ellos también se sienten rechazados y que no son lo suficientemente buenos o capaces para ser queridos e importantes.

Por eso creo que la mejor definición de paciencia es: dejar al otro ser como es. Aceptarlo y quererlo con sus limitaciones y aspectos a mejorar, sabiendo que todo requiere su tiempo.

Efectivamente, todos necesitamos nuestro tiempo para aprender y mejorar. Los niños todavía más. Aprenden bastante rápido, pero no son tan veloces ni hacen las cosas tan perfectas como nos gustaría. Ellos ponen su esfuerzo por ir aprendiendo y lo hacen lo mejor que pueden (y que sus capacidades físicas y cognitivas se los permiten), pero se nos olvida que nosotros también pasamos por eso hace bastantes años y que siempre se agradece tener a alguien paciente para escuchar y enseñar.

Educar con paciencia es también ser amables y firmes.

Cicerón se refería a la paciencia como a una constante firmeza en el bien cuando éste se presenta arduo y difícil para conseguir. Esto en términos de Disciplina Positiva lo podríamos traducir en: mantenerse amables y firmes al mismo tiempo cuando la actitud o el comportamiento de los hijos nos invita a todo lo contrario.

Por tanto, la paciencia es activa y requiere de una gran voluntad. Definitivamente se necesita hacer un esfuerzo, a veces enorme, para mantener la firmeza y ser amables al mismo tiempo. En ocasiones el empeño lo deberemos poner en aceptar y adaptarse a la personalidad, tiempos y ritmos de cada hijo, sin desesperar, tratándole con cariño y exigiéndole de acuerdo con sus posibilidades. En otras, deberemos ser constantes, repitiendo una y otra vez una acción para que puedan adquirir buenos hábitos.

Para educar con paciencia es imprescindible tener siempre presente que, en la vida de los hijos, todo son etapas y que éstas pasarán más rápido de lo que nos pensamos. Es difícil mantener la calma cuando tenemos un bebé que no para de llorar y no sabemos qué le pasa. Nos impacientamos con los niños cuando son lentos para vestirse o comer, en especial si tenemos prisa, o cuando no paran de hacer preguntas o de explicarnos por octava vez lo mismo. Perdemos la paciencia con los adolescentes cuando están en la edad del pavo y nos preocupa que no maduren. Pero podemos encontrar un poco de paz si consideramos que todo esto pasará algún día.

Por eso, educar con paciencia significa también educar con enfoque a largo plazo. Es decir, no querer o esperar a que las cosas sucedan ya sino confiar en los hijos, en la educación que les estamos dando y en que algún día todo aquello que vamos sembrando con los años dará su fruto.

Por el contario, la impaciencia en la educación de los hijos nos puede llevar a adelantar etapas e intentar acelerar procesos para los cuales los niños todavía no están preparados física, emocional o cognitivamente. Esto puede ocasionar, entre otras cosas, que el niño se sienta incapaz, rechazado o desmotivado.  

Cada niño tiene un proceso de maduración diferente para el cual la edad no es un referente y hemos de saber respetarlo. Saltarse etapas, explica Catherine L’Ecuyere, es despreciar el mecanismo con el que cuenta la naturaleza para asegurar un buen desarrollo de la personalidad.

Entonces, podríamos concluir que educar con paciencia a los hijos es aceptar a cada uno como es, exigiéndole a la vez con cariño y firmeza, pero dando tiempo a que su aprendizaje y desarrollo siga su curso natural.

Ser paciente con los hijos comienza con uno mismo.

Por último, me gustaría hacer mención de que, para educar con paciencia, debemos comenzar por ser pacientes con nosotros mismos. Muchas veces, somos nuestros peores jueces. Cuando algo nos sale mal o nos equivocamos, nuestra mente nos lleva a la versión más negativa y negra sobre nuestra persona. Nos hace creer que somos lo peor o no valemos nada.

Ser pacientes con nosotros mismos implica ser compasivos con nosotros mismos y estar dispuestos a comenzar y recomenzar las veces que haga falta porque sabemos que las cosas, en especial las que más merecen la pena, requieren su tiempo, esfuerzo y perseverancia.

Así pues, en la medida en que seamos más pacientes con nosotros mismos, aprenderemos a ser más compasivos y pacientes con los demás, especialmente con los hijos. Si conseguimos aceptarnos como somos, perdonarnos cuando fallemos y concedernos tiempo para convertirnos en quienes deseamos, es más probable que seamos más benevolentes y pacientes con los hijos.

Y eso es algo que podemos aprender de los niños que, con diferencia, son muchísimo más pacientes con nosotros. Helen Steiner Rice lo resume en esta magnífica frase:

“Enséñame a ser paciente. Enséñame a ir más lento. Enséñame a saber cómo esperar cuando no se cómo hacerlo.”

Helen Steiner Rice
Sobre el autor

Mariana Martínez

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Soy mamá, pedagoga y educadora de padres de Disciplina Positiva. Me dedico a asesorar y capacitar papás dándoles herramientas con las que educar a sus hijos con respeto, amor y asertividad. Mi objetivo es fortalecer a otras familias ayudándoles a construir una base sólida que favorezca el crecimiento de cada uno de sus miembros.

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