niña feliz con dinero

El dinero no compra la felicidad

En Educación by Mariana MartínezLeave a Comment

Seguramente has escuchado el dicho popular de “el dinero no compra la felicidad”. Para unos resulta muy evidente, pero para otros no es así. Hay quienes siguen empeñados en demostrar o creer lo contrario. El exempresario y banquero multimillonario alemán Florian Homm dice que, si crees que el dinero te comprará cualquier cosa, entonces es que nunca, jamás has tenido dinero.

Todas las personas en el mundo deseamos ser felices. Es un deseo insaciable al cual es imposible renunciar porque forma parte de nuestra naturaleza humana. Sin embargo, cada uno busca la felicidad en diferentes lugares y siguiendo caminos muy diversos. De ahí depende que algunos la encuentren y otros no.

Posiblemente el problema radica en confundir la felicidad con el placer temporal, algunas veces hasta fugaz, que nos da todo aquello que podemos pagar con dinero. Sin embargo, pasa que, en cuanto desaparece esta sensación de fascinación o éxtasis por la novedad, aparece un vacío y entonces se vuelve a desear tener más y más. El personaje de la serie Mad Men, Don Draper, decía que la felicidad es ese breve momento de plenitud antes de sentir que necesitas aún más.

Y es que a menudo se confunde abundancia, éxito o riqueza con felicidad. Pensamos que la posibilidad de poseer cada vez más, de tener una vida “resuelta”, que no nos falte de nada o de ser exitosos laboral y económicamente nos dará la felicidad.

Desafortunadamente con esta mentalidad educamos a los hijos. Desde los primeros años muchos niños están apuntados a un montón de clases y actividades para que adquieran, cuanto antes, herramientas útiles para ser exitosos en el futuro: idiomas, deportes, robótica, cocina, pintura, piano, finanzas, etc.

Les transmitimos también que el éxito y la felicidad están en lo material: la ropa que llevan, el móvil que tienen, el lugar en donde pasan las vacaciones, los regalos que reciben en Navidad, las fiestas de cumpleaños que ofrecen, etc.

Cuando llegan a la etapa universitaria, se les anima a elegir carrera pensando en las salidas profesionales que puedan tener, la demanda de trabajo que haya y lo remuneración económica de la que podrán beneficiarse. Cuántas veces hemos escuchado el caso de jóvenes que quieren estudiar una carrera determinada porque es lo que les gusta y les apasiona, pero alguien les convence de que “eso no les va a dar de comer” y terminan estudiando y quizás trabajando en algo que no los hace felices.

No quiero que se me malinterprete. Desde luego que tener dinero es importante. Es agradable tener una vida cómoda y con cierta tranquilidad económica. De hecho, el dinero y los bienes materiales en sí mismos no son buenos o malos, sino un instrumento para algo superior. Poseer objetos nos puede facilitar muchas tareas, nos hacen pasar momentos agradables, podemos disfrutarlos y usarlos para hacer el bien. Pero desde luego que no es lo único en la vida ni lo más importante o lo que por sí mismo nos hará felices.

Enrique Rojas dice que el dinero es el becerro de oro de nuestros días. Una cosa es tener las necesidades materiales cubiertas, que forma parte de nuestro instinto de supervivencia, y otra, dedicar la vida a amasar fortuna, sin otra finalidad. Ese afán desmedido por poseer y adquirir riquezas para atesorarlas es avaricia.

La felicidad no está en la abundancia.

El desear siempre más, aunque no se necesite nada no es felicidad, es codicia. Y desgraciadamente ésta nunca se detiene; es imparable en jóvenes y mayores, ricos y pobres, cultos e incultos, de cualquier país.

Lauren Greenfield, en el documental Generation Wealth (Generación Riqueza) muestra de una manera muy cruda la realidad de la gente que tiene una obsesión por la opulencia, por la riqueza, por tener siempre más y más. Esto nos puede parecer lejano y un “problema de ricos”. Sin embargo, en la película se puede ver a todo tipo de gente, de todas las edades, niveles socioeconómicos y países que han buscado la felicidad en la abundancia, en la riqueza y en todo aquello que creemos falsamente que nos da valor. Y eso pasa también a nuestro alrededor, más cerca de lo que nos imaginamos.

Quizás hayas visto el experimento social que se hizo viral el año pasado en el que se preguntaba a niños de España y de Uganda qué pedirían si tuvieran tres deseos. Resulta interesante escuchar qué es lo que haría felices a los niños de cada país de acuerdo con la realidad en la que viven.

Como puedes ver, se nota que los niños de España tienen sus necesidades básicas cubiertas y pueden pensar en otro tipo de deseos, desde los más banales como videojuegos o ser YouTubers hasta deseos más personales, como volver a ver a la abuela, o altruistas como que se acabe el bullying. Por su parte los niños de Uganda en su mayoría piden cosas más sencillas: comer, una cama, zapatos, etc. Pero también están los que piden ser ricos, de ambos países.

En mi opinión, lo mejor del vídeo es la reflexión final de dos niños. El primero que se da cuenta que tenemos demasiadas cosas comparados con los de Uganda. Y de un segundo que reconoce lo afortunado que es al haber nacido en España.

Y a pesar de todo, a los niños de Uganda no se les ve tristes. Desde luego que tienen necesidades y deseos, todos los tenemos en diferente medida. Pero ellos se han dado cuenta de que el dinero no compra la felicidad y que ésta tampoco está en la abundancia ni en la acumulación de objetos. La verdadera riqueza está en el ser y no en el tener.

La creencia dañina de tener que darles todo.

Ahora que estamos próximos a la Navidad y Reyes Magos, tenemos niños con listas de deseos interminables y recortes de los catálogos de juguetes. Vemos padres, abuelos y tíos buscando incansablemente hasta encontrar el regalo que los niños quieren, aquello que les gustará y hará felices. (He hablado de esto antes en este post.) El resultado son niños hiperregalados, que acumulan más de lo que necesitan y de lo que pueden soportar ya que luego no saben a qué jugar y sufren de sobreestimulación y falta de interés por una especie de empacho de juguetes. 

Lamentablemente, en muchas familias el amor se intenta demostrar con objetos materiales. Existe en nuestra sociedad la idea de darles a los hijos todo lo que uno no pudo tener, que no les falte nada. Eso quizás viene desde nuestros padres que pasaron tiempos difíciles con guerras, escasez de comida y muchas privaciones. Pero a pesar de que nuestra generación no ha pasado por situaciones similares seguimos manteniendo esa idea.

La ironía es que, por darles todo tipo de objetos materiales y mantener un cierto nivel de vida, cualquiera que sea, nos hace esclavos del trabajo. Y luego, por pasar tantas horas en el trabajo sentimos la necesidad de compensar la poca disponibilidad que tenemos y el poco tiempo que pasamos juntos con regalos. La realidad es que el apego seguro, el tener una relación cercana y de confianza con los hijos, que es lo que en verdad necesitan, es mucho más importante que cualquier cosa que el dinero pueda comprar.  

Después de tocar fondo y estar en la lista de los más buscados por el FBI acusado de fraude y estafa, Florian Homm se dio cuenta de que el dinero no compra la felicidad. Él, con todos sus millones, no había sido capaz de comprar la sonrisa ni el amor de sus hijos y tampoco el amor de su esposa.

Ahora terminando el 2020 hemos aprendido que el dinero no compra lo verdaderamente importante. Y tampoco la salud, aunque pueda pagar los mejores médicos y hospitales. No compra una buena educación, aunque pueda pagar los mejores colegios, universidades y profesores. En definitiva, el dinero no compra la felicidad, aunque pueda pagar algo que momentáneamente nos haga sentir así.

Sobre el autor

Mariana Martínez

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Soy mamá, pedagoga y educadora de padres de Disciplina Positiva. Me dedico a asesorar y capacitar papás dándoles herramientas con las que educar a sus hijos con respeto, amor y asertividad. Mi objetivo es fortalecer a otras familias ayudándoles a construir una base sólida que favorezca el crecimiento de cada uno de sus miembros.

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